Volver a las Ramblas

Volver a las Ramblas

Hacía tiempo que no volvía a las Ramblas. Sentía que quería ir, que debía ir, que tenía que reconectarme con ellas y con la viveza que siempre ha tenido este espacio, tanto para los barceloneses como para los muchos visitantes que recibimos a lo largo del año. Me pesaba el recuerdo del terrible atentado terrorista del 17 de agosto, cuando en ellas murieron y quedaron heridas tantas personas.

Finalmente bajé; era un sábado de este otoño tan soleado que tuvimos en 2017. Salí, como tantas veces, de la estación de metro de Plaza Cataluña, por las escaleras mecánicas que dan justo a la parte superior de la Rambla, junto a la fuente de Canaletas. Los recuerdos se agolpaban en mi mente, mezclándose entre ellos, a pesar de que algunos pertenecían a mi infancia, otros a mi juventud y otros a mi vida adulta, los más antiguos con los más recientes, como si todos quisieran tener un papel principal.

Más que de un paseo, esta vez se trató más bien de una especie de peregrinación laica. Recorrí toda la Rambla, desde la fuente de Canaletas hasta la estatua de Colón, ya en la zona del Puerto Viejo (Port Vell). Cada lugar me traía sus recuerdos y presente y pasado se entrelazaban.

 

En la fuente de Canaletas encontramos siempre alguien que bebe de alguno de sus caños, por aquello que dice la leyenda de que quien bebe agua de Canaletas volverá a Barcelona. También dicha fuente es famosa por otro motivo: tradicionalmente ha sido el lugar donde se reunían los seguidores del Fútbol Club Barcelona (el Barça) después de vencer en un partido importante. Se bajaba desde el campo de fútbol de Les Corts o del Camp Nou para festejar el evento o bien para discutir las jugadas más polémicas. Se trataba de una fiesta, si el resultado había sido bueno (alguna vez yo también había bajado con algún amigo o amiga), o bien de una especie de tertulia de masas en la calle, hecha al aire libre, en un lugar céntrico y emblemático de la ciudad.

Fuente de Canaletas-Ramblas de Barcelona

Actualmente, tengo la impresión de que, con la expansión de la televisión, internet y las redes sociales, el papel de esta fuente como aglutinador de los aficionados del Barça en los días de partido se ha visto limitado, pero la fuente de Canaletas sigue siendo un lugar singular de la ciudad, que no puede dejar de visitarse y de probar su agua.

La fuente, además, da nombre a este primer tramo de las Ramblas, que llamamos Rambla de Canaletas

En ella podemos ver también muchos quioscos que anteriormente se dedicaban sobre todo a vender periódicos y revistas, así como postales de Barcelona, y ahora basan su negocio en exponer y vender toda clase de recuerdos de la ciudad, sea en forma de libros de fotos, postales, bufandas, cerámicas y otros objetos. La pujanza del turismo y el cambio en las formas de vida hacen que el paisaje, en este caso urbano, se vaya modificando.

Continúo mi paseo Rambla abajo y me encuentro con la Rambla de los Estudios, nominado así porque en esta zona se encontraba el antiguo Estudio General o Universidad, entidad que se fundó en 1558, al fusionarse el Estudio General de Medicina y Artes creado en 1402 y el Estudio General de Barcelona creado en 1450. Esta universidad vivió su edad de oro durante la segunda mitad del siglo XVI y es el antecedente de la actual Universidad de Barcelona. No obstante, y como resultado de la guerra de sucesión a la monarquía española, la antigua universidad fue cerrada en 1715 por el rey Felipe V y su edificio, convertido en una caserna militar, mientras que la universidad fue trasladada a la población de Cervera, en la provincia de Lérida. Ya no quedan vestigios arquitectónicos de esta antigua universidad barcelonesa, pero su recuerdo se conserva a través del nombre de esta parte de la Rambla.

Por otro lado, esta Rambla de los Estudios también es conocida como rambla de los pájaros ya que, en sus inmediaciones, se encontraba el antiguo mercado de los pájaros. Esta era una zona que, de pequeña, me gustaba mucho, puesto que era muy alegre oír cantar a los pájaros y poder ver algunos otros animalitos en sus jaulas. Pero claro, los tiempos cambian y las sensibilidades también: actualmente nos parece algo insalubre tener tantos animales expuestos en una vía tan concurrida y tampoco nos resulta ético mirar a los animales encerrados en sus jaulas, expuestos todo el día a la curiosidad y al trajín de los visitantes y compradores.

Dentro de este tramo también podemos ver algunos edificios interesantes, como el que acoge la Academia de les Ciencias y de las Artes, construido en 1883 según el llamado estilo progresista. Dicha Academia fue fundada en 1764 como sociedad literaria por parte de diversos científicos de la ciudad para paliar de alguna manera la ausencia de la universidad clausurada en 1715. A lo largo de los años cambió varias veces de nombre, pero siempre estuvo relacionada con los estudios científicos

 

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Fachada de la Real Academia de Ciencias y Artes-Ramblas de Barcelona

Respecto a este edificio de la Academia tengo un recuerdo asociado a mi madre, cuando, cambiando el camino habitual de regreso de la escuela a casa, pasábamos por este tramo de las Ramblas, procedentes de la calle del Carmen, y me explicaba lo importante que había sido la Academia en el desarrollo científico de Barcelona y de Cataluña. Un científico barcelonés que ella había conocido, el Dr. Eduard Fontserè (1870-1970), meteorólogo, astrónomo y sismólogo, había sido una eminencia en sus especialidades y había fundado y dirigido el Servicio Meteorológico de Cataluña (1921-1939). Según me decía, también organizó y presidió el Servicio Horario Oficial, que fija la hora oficial de la ciudad de Barcelona.

Si te fijas bien, en la fachada del edificio vemos un reloj con la frase “horario oficial”. Ella me contaba que el Dr. Fontseré, ya muy entrado en años (tendría por aquel entonces entre 80 y 85 años) iba cada día a la Academia para fijar la hora oficial de Barcelona; a mí esto me fascinaba y no acababa de entender, dada mi temprana edad, qué hacía exactamente el Dr. Fontseré para fijar la hora de la ciudad: ¿sería que se asomaba a la fachada del edificio para colocar bien las saetas del reloj para que así señalaran la hora exacta de Barcelona? ¿Cómo era que un señor tan importante y con su edad ya madura tuviera que ir cada día a la Rambla para realizar esta operación?

Realmente el Dr. Fontseré era para mí una persona muy importante y muy trabajadora; en esto no iba equivocada, ya que más tarde supe que también había proyectado y fundado el Observatorio Fabra, situado en la falda de Collserola, muy cerca del Tibidabo y que había tenido una dilatada vida, puesto que falleció a los 100 años y 6 meses.

Continúo mi paseo y ya estoy en el siguiente tramo de las Ramblas, que es la Rambla de las Flores. Es la parte más colorida del paseo, repleta de puestos de flores y de plantas que le dan un ambiente muy especial.

 

También en este tramo se encuentra el mercado de San José, popularmente llamado la Boquería, muy concurrido tanto por barceloneses, que vienen desde diferentes barrios de la ciudad a realizar sus compras, como por turistas, que quieren conocerlo. 

Casi delante de este mercado, en un espacio del paseo central llamado Pla de l’Os, se instaló hace ya muchos años un mosaico diseñado por el artista barcelonés Joan Miró (1893-1983). El mosaico fue un regalo que Miró hizo a la ciudad de Barcelona, como también lo fue el que preside la entrada al aeropuerto de El Prat-Barcelona; su idea era que los mosaicos, de diseño y colores muy alegres, dieran la bienvenida a la ciudad a cuántos llegaban a ella por mar, el de las Ramblas, o por avión, el del aeropuerto. Lamentablemente, el mosaico del Pla de l’Os se hizo tristemente célebre en agosto de 2017 a raíz del atentado terrorista que sufrimos turistas y barceloneses, ya que es el lugar donde se paró la camioneta que, irrumpiendo des de la parte superior del paseo, había producido tantos atropellos y donde se acumularon en los días posteriores al atentado la mayoría de los ramos de flores de homenaje a las víctimas. No obstante, el mensaje de Miró sigue incólume: Barcelona es una ciudad abierta al mundo y los barceloneses recibimos con ilusión las personas que desean visitar o instalarse en nuestra ciudad. Todavía el día que yo pasé por allí había en el suelo un ramo de flores que habían acabado de depositar: ¿será que queremos demostrar que el amor y la razón siempre acaban ganando a la fuerza?

 

Todavía conmovida por la presencia en este lugar, sigo mi periplo y me encuentro ya en la Rambla de los Capuchinos o del Centro. El edificio más importante de este tramo es el Gran Teatro del Liceo.

De mi infancia tengo pocos recuerdos ligados al Liceo, más allá de mis paseos familiares por las Ramblas y de contemplar su fachada. Nuestra economía familiar no estaba a la altura de lo que se requería para acceder a él y tampoco había tradición en mi familia de hacerlo. Cuando finalmente entré para presenciar algunos de sus espectáculos, yo era ya una persona adulta e iba con amigos. De todas maneras, siempre fui muy consciente de que se trataba de una institución cultural de primer orden.

La afición a la ópera en Barcelona había comenzado a principios del siglo XVIII durante la estancia del archiduque Carlos de Austria, pretendiente a la corona española durante la Guerra de Sucesión. A imitación de Viena, su ciudad natal, quería hacer de Barcelona una corte europea y, a pesar de que el archiduque se marchó en 1715, la afición a la ópera ya había calado en la población barcelonesa y no solamente en la burguesía de la ciudad sino también en las clases populares.

Aunque al principio las primeras representaciones operísticas se realizaron en el Teatro Principal, en la parte final de las Ramblas y más tarde en el llamado Teatro de Montsió o Teatro del Liceo de Montsió, situado en un antiguo convento que había por la zona que ahora llamamos del Portal del Angel, en la primera mitad del siglo XIX ya se vio la necesidad de construir un nuevo teatro y se consiguió adquirir un edificio que se hallaba en la parte central de las Ramblas. El dinero para la adquisición de dicho edificio, su demolición y la construcción del nuevo teatro lo consiguieron mediante la suscripción de acciones de una sociedad mercantil creada ad hoc; así, los accionistas obtenían, a cambio de sus aportaciones económicas, el derecho de uso a perpetuidad de algunos palcos y butacas del futuro teatro. Por esto, el Liceo fue, en sus inicios, una sociedad mercantil privada formada por sus accionistas y no un teatro de ópera creado por la monarquía, como era habitual en otras ciudades europeas. Las obras duraron dos años, entre 1845 y 1847, y en el momento de su inauguración, fue el teatro más grande de Europa, con capacidad para más de 3.000 espectadores. El Liceo atraía a mucha gente y era lugar de reunión, no solamente de la burguesía, sino también de muchos melómanos de extracción popular, que se acomodaban en los pisos más altos.

No obstante, en 1861 sufrió el Liceo su primer incendio, parece que a consecuencia de una lámpara de aceite mal apagada. Por suerte, de su destrucción pudieron salvarse algunas estructuras y el teatro pudo ser reconstruido y reabierto un año después. A partir de entonces el Liceo se consolidó como un gran teatro de ópera y danza, situación que se mantuvo a lo largo de todo el último tercio del siglo XIX y primer tercio del siglo XX. Al Liceo se iba no solamente a ver ópera o danza, sino, cosa muy importante, a hacerse ver, sobre todo si se ocupaban butacas de platea y los palcos inferiores. Eran momentos de ostentación de la burguesía industrial y no en vano los espectáculos se realizaban sin apagar las luces de la sala.

Después de una época de inestabilidad económica y política, coincidente con la II República, la Guerra civil y la Postguerra, el Liceo pudo remontar la situación ya a finales de los años 40 o principios de los 50. Después de la crisis económica de los años 70 y ya con la democracia restablecida en España, se constituyó el Consorcio del Gran Teatro del Liceo (1981) formado inicialmente por la Generalitat de Catalunya, el Ayuntamiento de Barcelona y la Sociedad del Gran Teatro del Liceo (sociedad privada que procedía de la época de la construcción del teatro), al que luego se sumaron la Diputación de Barcelona y el Ministerio de Cultura de España. Se hizo entonces una intensa remodelación de la gestión y de la programación del teatro; éste dejó de ser un aparador social y se centró más en su función profesional como lugar de producción musical y cultural.

Pero todavía tenía que sufrir un nuevo percance: el incendio del 31 de enero de 1994, cuando dos operarios trabajaban en la reparación del telón de acero que debía impedir que un posible fuego pasara del escenario a la sala. Recuerdo que aquel día estuve muy pendiente de la TV y de la radio, que nos iban informando de los lentos trabajos de lucha contra el fuego y su extinción. Los daños fueron cuantiosos y se tuvo que reconstruir buena parte del teatro y se aprovechó la ocasión para ampliarlo, cosa que ya era necesario para un equipamiento de esta importancia. Las instituciones públicas que formaban el Consorcio del Gran Teatro del Liceo acordaron que el teatro sería reconstruido donde ya estaba y tal como era, pero añadiéndole una amplia serie de mejoras que se consideraron necesarias. La antigua Sociedad del Gran Teatro del Liceo, no sin cierta resistencia, cedió la propiedad del teatro a las administraciones pública y se creó entonces la Fundación del Gran Teatro del Liceo. El Teatro sería finalmente de titularidad pública, y una inteligente campaña de captación de recursos económicos consiguió la participación de muchas empresas y entidades privadas, que ejercieron como mecenas y patrocinadores y contribuyeron a la reconstrucción del teatro; finalmente, la mitad aproximadamente del presupuesto de esta reconstrucción provino de recursos privados. Las obras finalizaron en 1999, cinco años después del incendio. Ahora, el Liceo es una institución pública. El Liceo, ahora, es de todos.

Fachada del Gran Teatro Liceu-Ramblas Barcelona-Barcelona

Y ya estoy llegando al final de la Rambla, a este tramo que llamamos Rambla de Santa Mònica y que desemboca en la Puerta de la Paz, con la estatua de Colón en el centro, y al Puerto Viejo. Aquí los paseos con mi padre por la Rambla y hasta la Estación Marítima me inundan el corazón y el pensamiento. Era como un paseo ritual que hacíamos regularmente diversas veces al año, cuando el tiempo era bueno. Salíamos de casa, de la calle de Urgel, y por la Granvía y la calle Pelayo nos encaminábamos hacia las Ramblas y, caminando sin prisas, llegábamos al puerto, al lugar de donde salen las llamadas golondrinas, y, desde allí, girando hacia la derecha, íbamos hasta la estación marítima, que entonces se encontraba algo más cerca de lo que está actualmente. En aquella época (me refiero a los años cincuenta) dicha estación tenía un tráfico importante, sobre todo de barcos de pasajeros que iban a diversos puertos de Italia o de América Latina, el más importante de los cuales era Buenos Aires. A mí me encantaba ver entrar o salir un barco; era toda una ceremonia, pausada, como necesitan los barcos, con mucha gente en cubierta, saludando alegremente a los familiares o amigos que los habían ido a recibir, o bien despidiéndose de ellos y de la ciudad, quizás con un cierto gesto melancólico. Como que la operación de entrada y salida de un puerto es siempre lenta, pasábamos en la estación marítima un buen rato, cosa que nos permitía también descansar del paseo realizado para llegar allí (quizás unos tres cuartos de hora) y para reponer fuerzas para el camino de regreso a casa, que también hacíamos a pie. Era un paseo de lujo, que reservábamos para cuando teníamos tiempo suficiente y el día era bueno y estable para caminar.

Otro recuerdo familiar que tengo del puerto tiene que ver con el paseo en golondrina que acostumbrábamos a hacer mis padres, mi hermana y yo a principios del verano, cuando la temperatura era más agradable para dar una vuelta por las aguas del puerto.

 

En cambio, yo nunca había subido al monumento a Colón (creo que a mi padre le daba un cierto apuro de subir en un ascensor tan pequeño y cerrado), pero este otoño de 2017 lo hice. Casualmente este día no había cola y subí sola, únicamente acompañada por el ascensorista. La vista desde arriba merecía la pena. 

Desde allí, se vislumbraba la parte baja de la Rambla de Santa Mónica por la cual acababa de pasar, así como la Rambla de Mar, la pasarela construida sobre aguas del puerto con ocasión de los Juegos Olímpicos de 1992, con la silueta del hotel Wela al fondo y algunas golondrinas en primer término, la terminal de los barcos que van a las Islas Baleares, las antiguas Atarazanas (Drassanes), hoy convertidas en Museo Marítimo.

Las Ramblas de Barcelona vistas desde el Monumento a Colon-Barcelona

Todo un mundo el del Puerto Viejo (Port Vell) de hoy, que guarda todavía muchos recuerdos de mi infancia, pero que se abre también al mundo y al espacio abierto del mar y del futuro. Estaba allí de pie, inmóvil y me costaba de dar por terminado mi paseo.

Después de bajar del monumento a Colón, fui un momento hasta el Muelle de la Madera (Moll de la Fusta), tan diferente hoy de cómo era antes, pero al final decidí que aquel muelle y toda la fachada litoral de Barcelona merecían totalmente otro paseo y un post aparte.

PD:

Este texto se complementa con una Galería de Fotos homónima . Desde aquí puedes acceder a ver las imágenes que ilustran lo que he escrito y que te ayudarán a guiarte. 

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