Recuerdo de Martigny

RECUERDO DE MARTIGNY Y DE LOS PERROS SAN BERNARDO

Hace unos años fui a la población de Martigny (Suiza) para visitar una fundación de arte muy importante que se llama Fondation Pierre Gianadda. Era una visita que mucha gente me había recomendado. Así pues, llegué allí en tren desde Ginebra y ya en la estación de Martigny tomé un autobús urbano que me llevó a la Fundación.

Lo que yo no sabía, cuando hice esta excursión, era que Martigny tuviera tanta historia. Fue primero un oppidum o vicus de la tribu celta de los veragros, conocida bajo el nombre de Octodure. Dicha población fue conquistada por los romanos en los años 57-56 a C. y seguidamente incorporada al Imperio romano. El emperador Claudio I fundó en el año 47 a. C. una villa romana, a la que dio el nombre de Forum Claudii Augusti, que luego cambió por el de Forum Claudii Vallensium. Para los romanos su posición a orillas de un río Ródano todavía modesto y en un cruce de caminos que lo comunicaba con el norte de Italia y con el sudeste de Francia, resultaba sumamente estratégica, ya que les abría el acceso hacia las regiones alpinas e incluso transalpinas. Martigny, en efecto, está situado en un amplio valle rodeado de altas montañas y yo, escudriñando este paisaje, ya me figuraba las legiones romanas desplazándose por aquellos parajes y a los celtas veragros, resistiéndose como podían.

En la actual Martigny, la Fundación Pierre Gianadda merece ya por sí misma el viaje. Todo en ella respira generosidad, amor por la cultura y por el arte, así como respeto por la Naturaleza que le rodea. Fue fundada por Léonard Gianadda, ingeniero, promotor inmobiliario y mecenas, a la memoria de su hermano Pierre, muerto en accidente de aviación a los 38 años.

El edificio, muy original, está construido sobre un antiguo templo celta, lo cual ya nos habla sobre los orígenes de Martigny. La Fundación es un importante centro cultural, que incluye diversas exposiciones permanentes y también temporales, así como importantes conciertos musicales. Por otro lado, en los jardines del Museo podemos encontrar un parque de esculturas al aire libre, algunas de las cuales se van renovando, y que fue la parte de la Fundación a la que dediqué más tiempo.

Esculturas de ovejas
en los jardines de la Fondation Pierre Giannadda
Esculturas modernas
Jardines de la Fondation Pierre Gianadda, en Martigny
Arboles y escultura
En jardines de la Fondation Pierre Gianadda, en Martigny
Otras esculturas
En los jardines de la Fondation Pierre Gianadda, en Martigny
Lago de los Jardines
en la Fondation Pierre Gianadda
Más esculturas
en los jardines de la Fondation Pierre Gianadda, en Martigny
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Pero la mayor sorpresa me la llevé cuando, al salir de la Fundación, vi que muy cerca de allí, casi al lado, había un establecimiento dedicado a recordar la labor de los famosos perros sanbernardo, que tantos rescates de montaña habían realizado por aquellos lares cuando todavía no existían los medios modernos de que actualmente disponemos. El lugar se llamaba “Musée et Chiens du Saint-Bernard” y, naturalmente, si estaba allí, no podía dejar de visitarlo.

Estábamos a finales de agosto y hacía todavía un calor muy fuerte, sobre todo para perros de pelo largo, acostumbrados a las montañas cubiertas de nieve. Una parte del establecimiento me pareció de entrada como una residencia de perros o quizás un pequeño centro de entrenamiento. Pero en aquella ocasión no había allí muchos perros y la verdad que los que había no sé mucho por qué motivo estaban allí; seguro que habrían preferido de estar en un lugar de altitud más adecuada para ellos, me decía yo. No obstante, cada uno de ellos tenía un espacio bastante grande para sí, como para descansar cómodamente en la sombra, y, además, estos espacios individuales tenían un acceso directo a una zona de aguas a la que podían ir a refrescarse.

Diversos rótulos nos advertían de la necesidad de no molestar a los animales, cosa que, naturalmente, no era mi intención de hacer, pero nunca está de más informar de ello a los visitantes. Desde luego, yo no quería para nada molestarlos y, por esto, no les hice ninguna foto, cosa que me hubiera gustado. Los perros, sin embargo, me miraban, esto sí, como quien dice: – “¡Ya ves dónde me tienen, con el calor que hace!”. Yo no sé si hacían turnos para tener el centro abierto al público, quizás tenían que pasar allí cada uno una semana, mientras la mayoría de sus compañeros estaban bien fresquitos en la alta montaña; estas eran mis reflexiones y preocupaciones mientras visitaba el centro.

Pero, aparte de esta visita a la zona donde estaban los perros, el edificio también tenía una parte museística muy interesante, ya que, a través de fotografías, textos y algún vídeo, nos explicaba la historia de los perros sanbernardo y naturalmente la relacionaba con la del Hospicio del Gran San Bernardo, donde los monjes socorrían a los viajeros que se extraviaban o tenían algún accidente en la montaña. Así, en Martigny, tuve ocasión de ver un documental sobre el particular: recuerdo que se explicaba en él una anécdota que me conmovió, referida a la sensibilidad de los monjes, no sólo respecto a las personas, sino también en relación con los animales. Parece que una vez, ya entrada la primavera, hubo una nevada inesperada por las cercanías del hospicio y ésta cogió de improviso a una bandada de aves que había iniciado su emigración estacional desde el sur de Europa hacia el norte. Al ver los monjes que aquellas aves se hallaban en peligro de muerte ya que no estaban acostumbradas a tan bajas temperaturas, abrieron todas las puertas y ventanas del hospicio para que las aves se pudieran refugiar en él, cosa que las salvó de una muerte segura. ¡La encontré una historia muy bonita y me emocionó!

Ahora que se habla tanto de migraciones humanas y de refugiados, ¡qué ejemplo para Europa el de aquellos monjes que abrieron su casa para acoger aquellas aves que habían sido sorprendidas por una tempestad de nieve! Soy de la opinión de que quien trata bien a los animales tratará también bien a las personas, y al revés, que quien maltrata un animal también puede maltratar una persona.

No quise marcharme de Martigny sin un recuerdo de aquella visita mía. En la tienda del museo encontré un peluche que representaba un cachorro de perro San Bernardo, con su correspondiente bota de licor para resucitar a quien lo necesitara. Desde entonces lo tengo en casa en un lugar destacado y cada día, al verlo, me acuerdo de los viajeros que se aventuraron alguna vez por aquellas montañas.

¡Viajero, si vas a Martigny, guárdate un tiempo para visitar la Fundación Pierre Gianadda y el Museo de los Perros de San Bernardo!

Parece que una vez, ya entrada la primavera, hubo una nevada inesperada por las cercanías del hospicio y ésta cogió de improviso a una bandada de aves que había iniciado su emigración estacional desde el sur de Europa hacia el norte. Al ver los monjes que aquellas aves se hallaban en peligro de muerte, ya que no estaban acostumbradas a tan bajas temperaturas, abrieron todas las puertas y ventanas del hospicio para que las aves se pudieran refugiar en él, cosa que las salvó de una muerte segura. ¡La encontré una historia muy bonita y me emocionó!

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