El poder del Paisaje Interior

El poder del Paisaje Interior

EN TIEMPOS DE CONFINAMIENTO

EL PODER DEL PAISAJE INTERIOR

El cambio fue brusco. Dos días antes, el sábado 14 de marzo, nos avisaron de que el lunes siguiente comenzaría el confinamiento domiciliario para todos aquellos que no desarrollásemos trabajos esenciales, ni que tuviéramos que ir a cuidar un familiar mayor o enfermo. En mi caso, al estar ya jubilada, esto quería decir “nada de ir a gimnasia ni a yoga, nada de ir a la coral, nada de asistir a conferencias, nada de excursiones, nada de encontrarme con alguna amiga”

El fin de semana anterior todavía había estando haciendo fotografías en el Parque de la Ciudadela, de cara al post que ya estaba a punto de publicar. En vista del confinamiento anunciado, pensé que no era demasiado adecuado publicar este post en un momento en que se nos decía que los parques y jardines de la ciudad quedarían cerrados al público a partir del día 16 y hasta nuevo aviso, cuando yo precisamente en dicho post incitaba a mis lectores a visitar este parque y disfrutar de sus encantos.

Pero, mientras durara el confinamiento, ¿qué podía hacer en el contexto del blog? Quizás podía hablar justamente de la experiencia del confinamiento. Aquel sábado me puse un poco nerviosa, sobre todo porque pasé toda la mañana ocupándome de comprar comestibles y otras cosas necesarias para la casa. Lo primero que hice fue ir a comprar comida suficiente para el gato, que es muy remirado con lo que le pones y que ahora se ha acostumbrado a comer siempre de la misma marca y las otras no las acepta. Y, después de comprar comida suficiente para el gato, pensé en lo que necesitábamos las personas. O sea, que el sábado fue un día de mucha acción, y también con muchas incógnitas, porque no sabíamos exactamente qué podríamos hacer o qué no podríamos hacer y, sobre todo, que no sabíamos qué tiendas estarían abiertas y cuáles no.

También era muy consciente de que una experiencia como ésta nunca la había vivido, y lo único que recordaba de parecido eran las cosas que mis padres me contaban acerca de las dificultades de abastecimiento que sufrieron durante los años de la guerra civil y de los primeros años de la postguerra. No era un recuerdo muy reconfortante, pero pensé que si ellos lo pudieron superar, yo también lo conseguiría, entre otras cosas porque tampoco estábamos en una situación de guerra, por suerte.

Retrato de mis padres, ya mayores, en el patio interior de la casa de Masnou. Pintado por mi hermana, Joaquina Gratacòs.

Fui también muy consciente de que ya tengo una edad respetable y de que, a esta edad, si te infectas, siempre puede haber más complicaciones que en el caso de la gente joven.

Por la tarde estuve muy pendiente de la televisión, pero el domingo ya me tomé la situación con más serenidad. Me ayuda el hecho de estar muy conectada a través de las redes sociales. Recibo avisos, chistes, consejos de alimentación u otras cosas. Y, sobre todo, me hace sentir unida a mis amistades. La información es muy importante, pero no lo es menos el sentido del humor, que nos hace relativizar las circunstancias que estamos viviendo.

El domingo 15 recibí un whatsapp de una amiga mía que ya conocéis, la pintora Monse Pla, a la que dediqué un post en este blog (para leerlo, haz clic aquí). En él me envía una foto de uno de sus cuadros y lo titula Mandalas de alegría y de paz. Me dice que tiene la intención de ir enviando fotografías de estos cuadros que ella incluye en la categoría de mandalas, con la esperanza de hacer más llevadera la experiencia por la cual estamos pasando cada uno de nosotros. Lo encontré una idea muy buena y se lo dije.

Mandala para la Alegría y la Fuerza (Monse Pla)

¿Por qué los mandalas? Como ella me explicó en un correo posterior, la idea le vino de que una vez una amiga le dijo: “tus cuadros son como mandalas, talismanes”. “Mandala – tal como me dice Monse Pla – es una palabra que deriva del sánscrito y representa la unión de nuestra propia esencia, de la tierra que somos con nuestra alma. Sublima los sentimientos de amor, fortaleza, esperanza, deseo, armonía, imaginación, orden, optimismo… representado todo ello con un gran número de colores, que son energía”

Desde entonces cada día me envía uno de diferente, pero todos llevan en su título la palabra mandala. Os incluyo algunos de las que más me han gustado o inspirado.

Mandala para la Esperanza (Monse Pla)

Mandala para Unir Cielo y Tierra (Monse Pla)

Mandala Viaje a la Sutilidad (Monse Pla)

Recibir estos mandalas me remite a pensar en el valor terapéutico del arte y de la comunicación, en el hecho de que una obra de arte puede influir en el estado de ánimo de una persona y en sus fantasías, que pueden ser catastróficas o bien liberadoras.

Por otro lado, todos tenemos nuestros paisajes interiores, que plasman a menudo recuerdos de infancia o bien experiencias posteriores que de alguna manera nos han marcado.

Es importante que guardemos estos paisajes interiores. Son una riqueza vivida que nadie nos puede arrebatar y que generalmente nos producen un sentimiento de plenitud, un momento de felicidad o de serenidad. Algunos los guardamos solamente en nuestra memoria, otros han quedado en forma de fotografía o de cuadro y los tenemos en casa expuestos, sea en álbumes de fotos o bien colgados de la pared.

A raíz del confinamiento, me acuerdo de cuando, de pequeña, me ponía enferma y no me encontraba bien. Mi padre era muy sufridor y siempre se preocupaba mucho cuando una de sus hijas enfermaba; por suerte, mi madre era más optimista y siempre tenía algún remedio casero para aligerarnos el malestar y ponía una punta de humor a la situación, cosa que la hacía más soportable. Mi tío, el hermano de mi padre, era el médico de la familia y era quien nos venía a visitar cuando nos encontrábamos mal. Su visita, aparte del diagnóstico y la prescripción de un tratamiento, aportaba serenidad y confianza. Y también solía decir aproximadamente cuánto tiempo duraría el malestar. Y, a partir de ahí, remontabas.

Otros paisajes interiores que conservo son, en este caso, paisajes geográficos que yo amaba mucho y que el hecho de recordarlos me serena. Me refiero a paisajes vividos en el pueblo de El Masnou, empezando por el jardín familiar de la casa de mis abuelos maternos como con los  alrededores del pueblo: la playa, los huertos, el camino que llevaba al pueblito de Teià y sus algarrobos, el camino de Alella y sus viñas. 

Y también los paisajes del pueblo de Sant Pere de Torelló, donde trabajaba mi tía Julia como maestra y a dónde íbamos a pasar unos quince días de vacaciones cuando terminábamos la escuela. Cada día hacíamos un paseo, a veces más corto o a veces más largo.

Vista del pueblo de Sant Pere de Torelló.

Lugares como la fuente del Ruixol y el puente de la Riera (nombre de la masía a la que daba acceso el puente), la ermita de Sant Roc y la masia de El Serrat, la masía de El Puig, el llamado Pont aterrat o Puente caído, la confluencia de dos pequeños ríos, lugar que en el pueblo se conocía por Els mesclaments o L’aiguabarreig.

Puente de La Riera, lugar emblemático de Sant Pere de Torello.

Y en la cumbre de la montaña más alta, a más de 1200 metros de altitud, el Santuario de la Virgen de Bellmunt, muy venerada por los pueblos vecinos.

Santuario de Bellmunt, cercano al pueblo de Sant Pere de Torelló

Todos estos paisajes permanecen en mi memoria y me aportan satisfacción y serenidad.

Creo que es importante conservar los recuerdos de los paisajes vividos durante la infancia. Nos pueden aportar mucho consuelo en situaciones difíciles o de soledad. A través de ellos podemos sentir el calor familiar de la niñez, cuando nos acompañaba la protección de nuestros padres y otros familiares. Buscar en los recuerdos o en las fotografías que hayamos guardado de cuando éramos niños nos ayudará a encontrar en ellos un apoyo para los momentos y las épocas difíciles, como es ahora esta situación de confinamiento por el coronavirus y de incertidumbre respecto al futuro personal y colectivo.

Cuando ya estaba a punto de cerrar la redacción de este post, recibí la triste noticia del fallecimiento, por coronavirus, de un primo mío muy querido. Hacía tiempo que no lo veía, pero me acordaba mucho de él, de su sentido del humor y de lo mucho que me ayudó, junto con su mujer, en momentos difíciles de mi vida, cuando enviudé. No soy la única, sino que seremos muchos los que vamos a llorar la pérdida de algún familiar o amigo.

Nos queda mucho camino por recorrer todavía para vencer el virus. Algún día, lentamente y por etapas, terminará el confinamiento. Será el momento de suturar las heridas sufridas, de ir retomando el ritmo de cada una de nuestras vidas, de recordar y hacer el duelo por los que han fallecido. Quienes sobrevivan tendrán que hacer frente a nuevos retos y seguramente no serán fáciles. Por esto es importante fortalecernos ahora.

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