La inesperada visita d´un agapornis

Era un lunes de principios de Mayo. Las tardes ya eran largas y aún había bastante luz en la galería…

La galería estaba al lado de la cocina y  daba acceso a las vistas del patio de manzana. De repente, por este gran patio vimos a un pájaro relativamente pequeño que volaba en dirección a nuestra casa con la intención manifiesta de entrar en ella.

Como la galería estaba semicerrada por una cristalera que se había colocado hacía unos años, no le era fácil al pájaro encontrar el camino adecuado, pero él era persistente y lo logró.

 

No se trataba de un pájaro grande; tendría quizás unos 15 centímetros de largo. Pero presentaba un vistoso plumaje de diversos colores, en el que destacaban sobre todo el verde y el amarillo. Revoloteó un rato por este espacio aéreo y finalmente se posó en mi hombro izquierdo, quizás por la similitud de mi jersey con sus plumas verdes.

Revoloteó un rato más y entró en la cocina y se posó en diversos lugares de sus muebles.

Y ante nuestra sorpresa, se subió a la parte más alta de uno de los armarios. 

Aunque bastante anonadadas por su presteza, conseguimos cerrar la puerta de la cocina para que no volara por el resto de la casa.

Gioia, el gato de la casa, se mantuvo inmutable en su rincón del fondo de la galería.

En el que a menudo se acurrucaba sobre cojines, como si la cosa no fuera con él, o como si fuera lo más normal del mundo que nos entrara un pájaro en la casa.

Pensamos que posiblemente se había escapado de alguna casa cercana y que quizás reencontraría a su dueño o dueña, si preguntábamos a los vecinos.

 

 

¿Pero qué clase de pájaro era este intruso visitante inesperado? 

De entrada, creímos que era un periquito…

 

Aunque yo nunca había visto un periquito con tantos colores. De cualquier manera, necesitaba que le compráramos comida y una jaula para acomodarse en ella. Me dirigí a la tienda donde nos avituallamos habitualmente de la comida para Gioia y allí pude comprar algo de comida para el pájaro, así como una jaula donde pudiera estar tranquilo y cubrir sus necesidades más inmediatas de casa segura, agua y comida.

En efecto, encontré en esta tienda comida y jaula. Asimismo, les expliqué cómo había aparecido en casa el pájaro y le di a la encargada mi teléfono para que me avisara si aparecían los dueños, ya que pensaba que quizás no estarían muy lejos.

De vuelta a casa, el pájaro entró sin problemas en la jaula

y rápidamente se posó en uno de los palitos situados dentro de ella. Comió un poco del pienso que le había comprado y también bebió agua. Ahora estaba más calmado y contenido.

Ya más tranquilo, se puso a cantar de una forma muy bella. Empezamos a pensar que quizás no era un simple periquito, quizás se trataba de una cotorra o quizás incluso de un agapornis.

Vimos que no sólo tenía plumas verdes y amarillas, sino también azules y rojas. Realmente, era un ejemplar muy bonito y su canto era también muy bello. No era un canto continuado, sino con pausas intermitentes. Nos enteramos de que los Agapornis a menudo viven en pareja y que su canto está relacionado con el amor, por lo que a veces se les llama “el ave del amor”. De momento y a título provisional, le pusimos de nombre Trini, por el hecho de que los pájaros trinan.

Al día siguiente, martes…

me topé en la calle con una vecina de mi edificio a la cual el lunes no la había encontrado en su casa. Le expliqué la situación.

Me dijo que había visto unos letreros por la calle en que se hablaba de un pájaro perdido. Le pregunté por dónde los había visto y era, me dijo, por los alrededores de nuestra casa.

A la tarde salí a dar una vuelta buscando los letreros, pero no vi ni uno, ni sobre el pájaro ni sobre ningún otro tema. Pensé que, si alguien los había arrancado, la situación se complicaba.

Sólo nos quedaba la posibilidad que el dueño o dueña del pájaro acudiera a la tienda donde yo había comprado la jaula y el pienso para él.

Ante tantas dudas, pedí hora para un veterinario especializado en aves, para que me instruyera en sus necesidades alimentarias y de cuidado, por si no aparecieran sus dueños. Era lunes y me dio hora para el jueves.

 

Nuestro gato, Gioia, que cuando ya no hace frío muchas veces duerme en la galería…

estuvo allí todo el día con él y sólo se alejaba para ir a comer y para hacer sus necesidades. Creo que de alguna manera se hacían compañía mutuamente.

 

El miércoles, a media tarde…

me llamó la dependienta de la tienda donde yo había dejado mi teléfono, por si alguien lo reclamaba. 

Fuimos allí lo más deprisa que pudimos, con el pájaro en la jaula que habíamos comprado para él. La dueña del Agapornis estaba muy contenta de haberlo reencontrado y de que lo hubiéramos cuidado durante los dos días que estuvimos con él.

Creo que hicimos lo que era debido, devolverlo a su dueña. Ella nos pagó la jaula y la comida que le habíamos comprado.

Yo cancelé la visita con el veterinario para que nos aconsejara sobre cómo cuidar de él. Pero también creo que sentimos, cada cual, a su manera, su ausencia.

Siempre nos acordaremos del Agapornis que convivió algunos días con nosotros y nos alegró, con su canto, unos momentos de vida.

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